De sobremesa
De sobremesa Movido por un impulso irresistible arranqué unas cuantas flores de los matorrales, calculé el peso necesario para que el ramo llegara a su destino, fijé en él mi tarjeta y volví a bajar al jardín. La luz alumbraba todavía los transparentes blancos caídos hasta el suelo, y agitados suavemente por la brisa nocturna. La sombra había desaparecido. Con el corazón saltándoseme del pecho, como un ladrón que teme ser descubierto, me escondía en la sombra de un matorral, y de pie sobre el banco de piedra, tiré el ramo, que cruzó por el aire y fue a caer adentro, en el cuarto, por entre la abertura de las cortinas.