De sobremesa

De sobremesa

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Éstas se levantaron un momento después y me dejaron ver en el fondo oscuro del aposento la luz de la lámpara que ardía cobijada por amplia pantalla de gasa. Volviéndole la espalda, caminó de frente la silueta negra y larga, como la de una virgen de Fra Angélico, llegó al balcón y con la cabeza alzada hacia el cielo, levantó la mano derecha a la altura de los ojos, trazando con ella lentamente una cruz en la sombra, mientras que la izquierda arrojaba con fuerza algo que atravesó el espacio, y vino a caer a mis pies —blanco como una paloma— sobre el suelo sombrío. Era un gran ramo de flores, que regó pálidos pétalos en el espacio oscuro al cruzarlo y rebotó al tocar la tierra… en el ruido de su caída me pareció oír las palabras del delirio de la abuelita agonizante, «Señor, sálvalo de la locura que lo arrastra, sálvalo del infierno que lo reclama»… Hondo estremecimiento de religioso temor me sacudió la carne, corrió por mi espalda un escalofrío sutil y como si me hubiera tocado la muerte, caí desfallecido sobre el banco de piedra. Al volver en mí y recordar la escena busqué las flores cuya blancura se veía en la sombra, para convencerme de que no había soñado. Era un ramo de pálidas rosas té que levanté para besarlo. Volví los ojos a la fachada del hotel que estaba ya oscura y muerta, y por cuyos balcones cerrados no filtraba un solo rayo de luz.


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