De sobremesa
De sobremesa Cuando desperté esta mañana, después de un dormir enfermizo, conseguido con dos gramos de cloral y lleno de las imágenes del día, de los ojos azules, de la faz pálida, de la cabellera castaña, del incesante revoloteo de una mariposilla blanca sobre tres hojas verdes y del ramo de rosas, el Sol rayaba de oro las persianas de mis balcones. Eran las diez y media. Busqué con los ojos las flores, creyendo que la escena nocturna formaba parte de la pesadilla del cloral. Ahí estaban en el jarrón de bohemia donde las había puesto al acostarme. Medio marchitas ya pendían algunas sobre la mesa y dos de ellas cubrían el camafeo montado en oro verdoso.
Tras del baño y la minuciosa toilette con que quise hacer desaparecer las huellas del opio y del cloral, bajé al comedor a tomar el té matinal. Me sentía triste y con el corazón oprimido por un peso extraño. El criado que me sirvió la víspera trajo el desayuno y con él un telegrama de Miranda y Compañía llegado en las primeras horas de la mañana. Venciendo cierta repugnancia lo mandé a preguntarle al conserje del hotel si el señor Scilly y la señorita habían salido. Cuando volvió, tomado ya el té y leído el telegrama, lo esperaba con ansiedad.