De sobremesa
De sobremesa ¡Helena! ¡Helena!… A veces, en la quietud de la medianoche, silenciosa en este rincón del Londres millonario, sentado frente a mi escritorio sobre el cual está abierto un tomo de poesías [de] Shelley o Rossetti que ahora me embargan con sus etéreas delicadezas y la música casi italiana de sus estrofas, alzo los ojos del libro y contemplo a la luz de la lámpara el camafeo montado en oro que no pude devolverle.
Digo entonces su nombre en alta voz como una fórmula evocatoria que hubiera de hacerla surgir y aparecérseme, allá en el fondo sombrío de la estancia donde caen en pliegues opulentos y pesados las cortinas de terciopelo verde, e irse acercando, acercando, sin tocar la alfombra hasta detenerse en el círculo de luz de la lámpara y mirarme con sus ojos dominadores.