De sobremesa

De sobremesa

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Pretexté un vértigo y me despedí besándole las manos con que me detenía y trayendo en las mías el olor de las rosas té que formaban el ramo, y en los ojos el aleteo de la mariposilla blanca, que volaba ahí en ese momento y en mis sueños hace cuatro noches, cuando en pesadilla de indecible horror, rodaba yo al fondo del abismo vertiginoso. Helena venía de Niza la tarde en que la encontré en Ginebra… Las frescas rosas té del ramo que he tenido en mis manos esta noche, están atadas con la misma cinta de extrañas labores en forma de cruz que sujeta las del otro ramo que ya no es más que un cementerio de flores negras y marchitas entre la caja de cristal que las guarda. Al inclinarme para respirar el olor de las flores frescas, en la alcoba donde soñé dejar mi enfermedad gastando la savia acumulada en tres meses, alzó de ellas el vuelo la mariposa blanca de mi sueño, la mariposa del camafeo, porque las dos son una sola… Doy por sentado que fue una alucinación febril, haber visto juntas las dos cabezas de los seres cuyas palabras y miradas me envuelven hoy en una trama de sombras, pero… ¿por qué estas casualidades que toman para mí la forma de un interrogante abierto sobre el misterio?… ¿Por qué la cinta con la misma labor extraña de cruces entrelazadas?; ¿por qué estas flores nacidas en el mismo sitio que las otras probablemente, llegan, en el momento preciso, al lugar donde iba yo a envilecerme con un placer comprado, para no pensar en Ella?


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