De sobremesa
De sobremesa —Tenga usted la bondad de repetirme la descripción de la figura de la señorita cuando usted la ve vestida de blanco y con los lirios en la mano y le parece recordar una frase latina. —Lo hice con la paciencia con que un enfermo le cuenta por segunda vez al vulgar esculapio un síntoma de la dolencia física que lo aqueja.
—¿Se siente usted nervioso esta noche? —me preguntó sonriendo aún con una franca sonrisa que le arqueó los labios y me reveló la animalidad potente de su organismo.
—No, doctor, estoy en perfecta calma, la conversación con usted me ha tranquilizado como una dosis de bromuro —le respondí, sonriendo a mi vez.
—¿Quiere usted ver su visión pintada en un lienzo, por un pintor que murió hace años? —me dijo, sin dejar de sonreír, excitado por la perplejidad que revelaba mi semblante al oír la extraña propuesta.
—Como usted guste —contesté sin saber a derechas qué decía y lleno de una curiosidad infantil que se mezclaba con cierta angustia extraña.
—Perdone usted, voy a dar orden de que enciendan luz en mi salón donde está la pintura. Qué extraña casualidad —agregó hablando consigo mismo y levantándose para apretar un timbre eléctrico a cuya llamada obedeció el criado vestido de frac que se presentó unos instantes después en el cuarto.