De sobremesa
De sobremesa »No le incomode a usted que le hable de su amor en esos términos —dijo al ver el gesto que hice involuntariamente al oír la frase—, ese ideal tiene usted que convertirlo en su esposa, usted necesita, antes que todo, como un niño asustado por la apariencia de un objeto que no ha visto bien y cuyo miedo se desvanece al tocarlo, encontrar a esa señorita, tratarla, ver si su carácter y sus ideas coinciden con los de usted y, si es así, casarse con ella para que desaparezca el fantasma que usted se ha forjado. Es un fantasma. Lo vio usted estando bajo la influencia del opio y de una profunda debilidad causada por la orgía de la víspera, la impresión que le causaron a usted sus miradas en el comedor y el capricho que tuvo ella de tirarle un ramo de rosas, han determinado en usted una autosugestión, que ha ido prolongándose gracias al violento cambio de régimen a que ha sometido usted su organismo y al aislamiento en que se ha encerrado. No ha habido impresiones externas que la combatan, y sigue desarrollándose, y como coincide con una frase que lo había impresionado a usted, por haberla dicho una persona de su familia al morir, ha ido revistiendo apariencias sobrenaturales…
Se calló, inclinando la cabeza pensativa y la levantó al cabo de unos momentos de silencio, sonriéndose.