De sobremesa
De sobremesa Desde hace seis horas tirito, calado de frío, hasta las médulas de los huesos, tendido en el diván de mi despacho sobre el cual ha acumulado Francisco, mantas y pieles que no me calientan, como no me calienta el claro fuego que arde en la chimenea. Me hielo y me muero de angustia. Para distraerla escribo estas líneas, y al releerlas y encontrarlas inteligibles experimento una sorpresa extraña. Es tan grande la debilidad mental que experimento que no podría agregarles cien más. El cerebro se rebela a pensar. Espesa bruma envuelve mi horizonte intelectual; mortal decaimiento me postra, y si por mí fuera no haría un movimiento para no gastar las escasas fuerzas que me quedan. Es como si por una herida invisible se me estuvieran yendo al tiempo la sangre y el alma. Así debió de agonizar Séneca con las venas abiertas, entre el agua tibia de la tina de mármol. En mi espíritu, donde las imágenes pierden su relieve y se confunden, flotan dos versos de un soneto de Rossetti, de aquel soneto en que una visión le habla al poeta entre la bruma nocturna:
Look at my face, my name is might have been
I am also called, no more, farewell…
¡Oh, mírame la faz!… ¡Oye mi nombre!
¡Me llamo lo que pudo ser! Me llamo…
Es tarde…
Me llamo… ¡Adiós!…