De sobremesa

De sobremesa

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Inútil todo. He permanecido horas enteras en la enorme tina de mármol blanco, aletargado por la influencia de la temperatura ardiente del agua; tengo en el paladar el sabor salino de la droga sedante y en las narices el olor de la esencia de toronjil que el profesor agregó a la sal. Inútil todo. La angustia me oprime, me agota, me embrutece; me hace sudar frío, me imposibilita para pensar. En las últimas cuarenta y ocho horas no he podido pegar los ojos y el cerebro fatigado por el insomnio, funciona débilmente. No pienso casi, y me muero de ansiedad. ¿De qué? De nada… Esta mañana hice ensillar el más fogoso de mis caballos, un árabe, fino y nervioso como un artista, que se excita y piafa al verme, y huyendo de la exhibición del Bosque y de los trotecitos de ordenanza, galope furiosamente tendido al través sobre el fogoso animal que se sorbía los vientos del paisaje invernal, devastado por el frío… Me parecía que aquella carrera furibunda tenía algún objeto que no alcanzaría, y la angustia crecía, crecía, y en el ruido de las herraduras al golpear la carretera desierta y blanca de nieve, me parecía oír una voz que me gritaba: «¡Apura, apura, vas a llegar tarde; más aprisa, apura, apura!». Y bajo esa impresión llegué cuatro horas después al hotel, bañado en sudor, rendido y temblando de miedo como si allí me esperara una mala noticia… ¿Hay cartas?, le pregunté al portero que me tendió dos. Como si fueran algo inesperado y gravísimo abrí las cubiertas con sobresalto; eran una nota de Morrell & Blundell, dándome aviso de cien libras pagadas a mi sastre en Londres y una esquela de Alberto Miranda avisándome que me habían conseguido al fin unas aguafuertes tras de las cuales andaba hace meses.


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