De sobremesa
De sobremesa Hice un esfuerzo para incorporarme, y la cabeza, como desarticulada por la debilidad, se me fue para atrás sobre los almohadones en que me habÃan acomodado. La presencia de aquella gente me devolvió un poco de energÃa, irritándome con las caras de pésame que me mostraban. Logré enderezarme, saludarlos, y le contesté con displicencia al médico de la corbata lila, de las patillas rubias y del pelo rizado, que me preguntaba qué sentÃa:
—Debilidad y sueño, señor… Debilidad y sueño. Me quejaba porque me dolÃa un poco la cabeza.
—Creo que estamos en presencia, querido colega —dijo el afeminado personaje, volviéndose a su compañero, un individuo rechoncho y carirredondo, de barbilla castaña y pelada cabeza, que me miraba con expresión entre irónica y despreciativa—, de fenómenos neurasténicos atribuibles al estado de profunda debilidad en que se encuentra el paciente. Hay ciertos puntos relativos al diagnóstico y al tratamiento en que la ilustrada opinión de usted contribuirÃa a aclarar mis ideas, querido colega.
—Si quieren ustedes hablar a solas pasen al salón —sugirió don Mariano Miranda, mostrándoles el camino.