De sobremesa

De sobremesa

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—No —contestó el otro sin desconcertarse—. Yo no te he dicho nunca que no pienses sino que no abuses. Alegas tú que lo que yo llamo abuso es para ti lo estrictamente necesario y te ríes de mis sermones. Es claro que si el fin de todos tus esfuerzos me pareciera a tu altura, te aplaudiría, pero tú lo que quieres es gozar y eso es lo que persigues en tus estudios, en tus empresas, en tus amores, en tus odios. No son tus complicaciones intelectuales las que no te dejan escribir, ni tampoco son tus grandes facultades críticas que requerirían que produjeras obras maestras para quedar satisfechas, no, no es eso; son las exigencias de tus sentidos exacerbados y la urgencia de satisfacerlas que te domina. Mira, si en mis manos estuviera te quitaría cosa a cosa todo lo que te impide escribir y hacer glorioso tu nombre. ¿Quieres saber qué es lo que no te deja escribir? El lujo enervante, el confort refinado de esta casa con sus enormes jardines llenos de flores y poblados de estatuas, su parque centenario, su invernáculo donde crecen, como en la atmósfera envenenada de los bosques nativos, las más singulares especies de la flora tropical. ¿Sabes qué es? No son tanto las tapicerías que se destiñen en el vestíbulo, ni los salones suntuosos, ni los bronces, los mármoles y los cuadros de la galería, ni el gabinete del extremo oriente con sus sederías chillonas y sus chirimbolos extravagantes, ni las colecciones de armas y de porcelanas, ni mucho menos tu biblioteca ni las aguafuertes y dibujos que te encierras a ver por semanas enteras. No, es lo otro. Lo que estimula el cuerpo, las armas, los ejercicios violentos, tus cacerías salvajes con los Merizaldes y los Monteverdes; tus negocios complicados; el salón de hidroterapia, la alcoba y el tocador dignos de una cortesana. Son los vicios nuevos que dices que estás inventando, esas joyas en cuya contemplación te pasas las horas fascinado por su brillo, como se fascinaría una histérica; el té despachado directamente de Cantón, el café escogido grano por grano que te manda Rovira; el tabaco de Oriente y los cigarros de Vuelta Abajo, el kummel ruso y el krishabaar sueco, todos los detalles de la vida elegante que llevas, y todas esas gollerías que han reemplazado en ti al poeta por un gozador que a fuerza de gozar corre al agotamiento… ¡Hombre; cuando estando sano como una manzana y fuerte como un carretero has dado en tomar tónicos de los que se les dan a los paralíticos y eso sólo para sentirte más lleno de vida de lo que estás! Mira, si en mis manos estuviera te quitaría todos los refinamientos y las suntuosidades de que te rodeas, te debilitaría un poco para tranquilizarte, te pondría a vivir en un pueblecito, en un ambiente pobre y tranquilo donde conversaras con gente del campo y no vieras más cuadros que las imágenes de la iglesia ni consiguieras más libros que el Año Cristiano, prestado por el cura. Si en mis manos estuviera te salvaría de ti mismo. A los seis meses de vivir en ese ambiente serías otro hombre y te pondrías a escribir algún poema de los que debes escribir, de los que es tu deber escribir.


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