De sobremesa
De sobremesa —¿Conque yo tengo deber de escribir poemas? —preguntó Fernández riéndose—. ¡Pues estoy divertido!, y enseriándose súbitamente: Feliz tú que sabes cuáles son los deberes de cada cual y cumples los que crees tuyos como los cumples. ¡Deber! ¡Crimen! ¡Virtud! ¡Vicio!… Palabras, como dice Hamlet… Yo estoy en la situación en que nos suponía el zapatero aquél que cuando se emborrachaba nos detenía a la salida del colegio, ¿recuerdas?
—¡Ah!, sí, el zapatero Landínez —contestó Juan Rovira como si se dirigiera a él—, antier me lo encontré más borracho que nunca y me detuvo con su eterno sonsonete: «Dadme una peseta, caballero. Vos no sabéis la posición que ocupáis en la sociedad; vos no sabéis qué cosa es el mal ni qué cosa es el bien». ¿Bueno, José, y tú qué tienes que ver con ese perdulario? —dijo interpelando a Fernández.
—Tú no entiendes esas cosas —le respondió éste—, es una broma que tengo con Sáenz. Conque, dime —preguntó volviéndose al médico—, ¿tú sí crees que mi deber es escribir poemas? Pues mira, esa calavera —agregó mostrando con la mano nerviosa y fina un cráneo cuyas cuencas vacías donde se aglomeraba la sombra parecían mirarlo desde el pedestal de la Venus de Milo, donde estaba colocado—, esa calavera me dice todas las noches que mi deber es vivir con todas mis fuerzas, ¡con toda mi vida!…