De sobremesa

De sobremesa

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Salieron. ¿A qué habían venido aquellos buenos amigos?… El uno a fumarse un nauseabundo cigarro, arrellenado en una poltrona más cómoda que las de su despacho; el otro, a traerme su cosecha de vulgaridades; los dos médicos, a cobrar su charla el uno, su estúpida receta el otro.

—¡Deliciosos sus paisanos! —dijo Marinoni, saliendo del rincón donde se había metido desde que entró—. ¡Deliciosos! ¿Pero qué es lo que tienes? Estás desfigurado —agregó al ver mi palidez, mis ojeras profundas y el temblor de mis manos débiles—. ¿Qué te pasa?… Tú estás muy mal. Es necesario que venga Charvet; voy a traerlo; no me gusta tu aspecto —agregó después de que le hube contado el martirio de los últimos días.

A medianoche, después de un sueño que más bien me había quitado que devuelto las fuerzas, un sueño de niño que se muere de debilidad, desperté, presa de mortal sobresalto, sudando frío y dando un grito de angustia.

—¿Qué es esto, amigo mío? —me dijo Charvet, que, sentado al lado del diván, espiaba mi sueño, acomodando los almohadones que me sostenían la cabeza—. ¿Qué es esto? Haga usted un esfuerzo y cuénteme qué le ha pasado.


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