De sobremesa

De sobremesa

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El treinta y uno por la tarde me aseguró que me encontraba bien y que en algunos días más podría salir a la calle. Sintiéndome con fuerzas de sobra y desesperado con aquel encierro, en que mis nervios excitados no habían tolerado más compañía que la del suave Marinoni, a quien el recargo de ocupaciones le impedía estar a mi lado, convencí a Francisco, rendido por las noches de vigilia, de que se acostara y preparé mi salida nocturna. Desde el mediodía era ya intolerable lo que estaba sintiendo. El malestar que me hizo ir la primera vez a casa de Charvet, la ansiedad loca del galope en el camino de Sèvres, la horrible angustia de los días pasados, eran un juego de niños junto al martirio de aquella tarde. La perspectiva de la noche insomne del año nuevo, aquel lento sonar de las horas en el viejo reloj del vestíbulo, aquella melancolía sin nombre que me había invadido el alma desde por la mañana, me hacían inaceptable la idea de la reclusión. Quería oír el ruido de la multitud, perderme por unos minutos en el tumulto humano, olvidarme de mí mismo.






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