De sobremesa

De sobremesa

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Se lo ofrecí, y de hora en hora apuré el contenido de la oscura botella. Era un licor rojizo, perfumado, meloso y amargo en que se fundían diez sabores extraños. A la quinta cucharada, como quemado por un fuego interior, sentía correr la sangre por las venas y estremecimientos de vida vibrándome a lo largo de la columna vertebral. Me provocó levantarme. Tomaba la sexta, cuando entró Charvet con Marinoni.

—¿Ya resucitó usted? —me preguntó el viejo, tendiéndome la mano.

Comencé a hablarle en voz alta, vibrante y llena, y le di las gracias por sus cuidados.

—Me sentía moribundo y estoy lleno de vida, doctor —le dije—; me ha devuelto usted mis fuerzas perdidas en unas horas; ahora va usted a quitarme esta maldita impresión de ansiedad que me desespera, ¿no es cierto?

—Eso desaparecerá en tres o cuatro días, si todo sigue bien. ¿Tendrá usted valor suficiente para pasarlos sin recurrir a los narcóticos?… Si usted lo tiene, me atreveré a pronosticarle una mejoría rápida. Sin embargo, no debo ocultarle un temor que tengo desde ayer; es fácil que de un momento a otro le comience a usted una neuralgia violenta que prolongará su enfermedad por varias semanas. Puede usted levantarse mañana, si no siente dolor alguno, y pasar unas horas en el escritorio. Cuidado con el frío…


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