De sobremesa
De sobremesa —Mi pobre amigo —comenzó, sentándose otra vez cerca del diván—: Está usted hablando con un ignorante. Usted ha seguido mis cursos, ha visto mis experiencias; según entiendo, ha leído mis libros, sabe que gozo de alguna fama en el mundo científico… No se extrañe de lo que voy a decirle. Oiga usted… yo no sé lo que usted tiene. Si fuera un charlatán, le diría un nombre rotundamente; inventaría una entidad patológica a qué referir los fenómenos que estoy observando, y lo llenaría de drogas… Lo más que puedo hacer en obsequio suyo es llamar a alguno de mis colegas para que me acompañe a estudiar su caso… Puede ser que él vea más claro que yo. ¿Quiere usted que lo hagamos?
Me denegué abiertamente, y pareció agradecérmelo. A la mañana siguiente volvió y me obligó a beber dos copas de cognac, que me quemaron la garganta y me trastornaron un poco. El viejo espiaba con interés los efectos del licor. Me puso una inyección de éter y me hizo tomar unos gránulos de cafeína. Me prometió que haría preparar inmediatamente un medicamento para que comenzara a tomarlo de hora en hora, y quedó en que volvería antes de la tarde.
—Ofrézcame usted que, por grande que sea el malestar que sienta, no se moverá usted de esta cama ni tomará usted nada que no sea su poción.