De sobremesa
De sobremesa Cuando le conté que había seguido estrictamente sus prescripciones y cuál había sido mi vida desde que no nos veíamos, se levantó del asiento y comenzó a pasearse por el cuarto a pasos contados y lentos, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la cabeza inclinada sobre el pecho.
—No puedo soportar por más tiempo lo que siento —le dije incorporándome—. Déme usted algo que me haga dormir o me vuelvo loco. Píqueme usted con morfina, hágame beber cloral, hágame dormir a todo trance, aunque me cueste la vida.
—Yo no puedo hacer eso, señor; mi deber me lo prohíbe —contestó deteniéndose, con aire a la vez ceremonioso y desagradado—. Además, el sueño artificial no le impediría sentir lo que siente. Yo, respecto de usted, no sé más que dos cosas: primera, que si le diera a usted la más pequeña dosis de narcótico, lo envenenaría, porque está usted en un estado de debilidad extrema increíble; segunda, que tengo que levantarle las fuerzas, porque el corazón funciona muy lentamente, y su organismo entero presenta fenómenos graves e inexplicables de depresión y de agotamiento, que no entiendo.
—¿Esto es mortal, doctor? Dígamelo usted francamente, de una vez —le dije con voz trémula.