De sobremesa
De sobremesa Parece que el viejo me hubiera cogido cariño. Es sensual hasta las puntas de las uñas; tiene la pasión de la obra de arte, un gusto exquisito, y según dicen, posee la más hermosa colección de tapices persas que existe en París. Cuando viene a verme se acomoda en un sillón cerca del fuego, bebe a traguitos un jerez desteñido de cuarenta años, saboreándolo, viéndole el color al levantar a la altura de los ojos la frágil copa de Salviati, en que se le sirve y oliéndolo con delicia. A veces, como para excusarse de apurar la tercera, dice «excelente», pegándose a la boca los dedos recogidos de la mano, abriéndolos luego y extendiendo el brazo para levantarlo, con un movimiento blando que parece esparcir en el aire el perfume del añejo licor.
—Qué falta hace entre los tesoros de arte que han amontonado usted en su vivienda una mujer, no una querida, que sería incapaz de entender nada de esto, sino una mujer muy joven y de gran raza, que gozara con cada detalle suntuoso y animara con su frescura las magnificencias sombrías de estos aposentos, donde usted debe echar de menos, a veces, una delicada presencia femenina… Cásese usted, amigo mío… El matrimonio es una hermosa invención de los hombres, la única capaz de canalizar el instinto sexual.