De sobremesa

De sobremesa

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»¿Se sonríe porque le hablo así? Ha de saber usted que la medicina no ha sido para mí más que una necesidad, un modo de ganar el pan. Yo tengo nervios de artista, no de hombre de ciencia; por eso me entiendo bien con usted. Aquí entre nosotros le confieso que una de las amarguras de mi vida es que mi nombre va a quedar pegado para toda la eternidad al de una asquerosa alteración de los cordones nerviosos de la médula. Esa idea me revuelve el alma. Un botánico desnicha, en alguna montaña del trópico, una hermosa planta de olorosas flores; un astrónomo observa un cometa, y la humanidad en lo futuro no puede separar su recuerdo de la imagen de los pétalos frescos, o de los luminosos rayos que caen de lo alto… Uno de nosotros, doblado sobre el cadáver sanguinolento, hurgándolo con el bisturí, ve una fea manchita que le parece anómala, somete el tejido al microscopio, gasta sus pobres ojos observándolo, escribe una monografía en que inventa lo que le falta saber, y por premio de sus esfuerzos consigue esto: que un charlatán, al desahuciar a un infeliz cuyo mal ignora, lo acabe de aterrar diciéndole: tiene usted un principio de mal de Brigth… no puedo hacer nada por su salud; estos síntomas denuncian la neuropatía cerebro-cardíaca de Krishaber, la ciencia es impotente; convénzase usted de que lo devora la enfermedad de Charvet… ¿Le parece a usted muy entretenido eso de que le den el nombre de uno a una cosa innoble?, concluyó, con las manos metidas en el fondo de los bolsillos y sacudiendo la cabeza con expresión de asco… Goce usted suavemente de la vida, cásese usted, amigo mío, sea usted feliz…


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