De sobremesa
De sobremesa —Scilly Dancourt —me dijo energizándose—, no vio el fin de la batalla, ni figura su nombre en el registro de las vergonzosas capitulaciones, ni se llevó de Sedán en los ojos el horror de ver a nuestros noventa mil soldados que, inutilizados por los días que pasaron en el campo de la miseria, con los pies metidos entre el barro, empapados por la lluvia, temblando de hambre y de sed, de frío y de vergüenza y sintiendo la trágica sacudida del desmoronamiento del imperio, esperaban a los batallones de reclutas alemanes que habían de llevarlos prisioneros a Prusia. No, Scilly Dancourt no vio nada de esto. Después de animar a los nuestros con su coraje de león, de excitarlos con el grito, con el ademán y con el ejemplo, y de recibir tres heridas, al ver perdida la batalla, desapareció, nadie sabe cómo. Revuelta el alma por las desgracias de Francia, pasó a Inglaterra, donde contrajo matrimonio unos años después con la hija de un actor o de un músico de fama, y cuando murió ésta, se ausentó de Europa… Ya le digo a usted, el único que sabe de él es Mortha, a quien le escribe sobre esas chifladuras de religiones y de orientalismos.