De sobremesa

De sobremesa

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Mortha es un viejecito adorable, con una cara larguísima cuya amarillenta y apergaminada piel cruzan hondas arrugas verticales, y una cabellera de seda blanca toda despeinada, de la cual le caen pelos sueltos y largos por sobre la frente enorme y los ojos vivísimos y negros. Cuando se ríe hay algo de infantil en la alegría, que le anima la cara, y canas, arrugas y ojos, todo se ríe. Sus libros y la necesidad de obtener indicaciones sobre una inscripción lapidaria fueron la disculpa con que me le presenté hace ya varios días. Me habló en la primera entrevista de unos pergaminos egipcios que estaban para la venta en Londres, hícelos comprar allí por Morrell & Blundell, se los envié y estamos al partir de un confite; me cree un egiptólogo consumado.

Al entrar al cuarto, lleno de papeles, de piedras, de restos de estatuas y de inscripciones, estaba escribiendo algo con su letrica finísima, y un rayo de sol que se colaba por la ventana le hacía brillar como plata las canas blanquísimas.

—¿Escribía usted, querido maestro? —preguntéle.

—Sí, anotaba la traducción hecha por mi cofrade Máspero, del himno descubierto por Grebaut cerca de las necrópolis de Zaouyet el Anyan. Oiga usted qué sublimidad:


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