De sobremesa
De sobremesa —Fernández —dijo Rovira suspendiendo su interminable paseo para acercarse a la mesa y sacudir la ceniza del puro que fumaba, en un platillo de cobre repujado—. Oye, Fernández, no te preocupes con los sermones de este médico, que quiere ser para ti un don Pedro Recio Tirteafuera, ni con escribir unos versos más o menos, para que tus admiradores te proclamen genio al día siguiente del entierro. Más vale vivir tres días en Nare, como decía el minero, que tres siglos en el corazón de la posteridad… Nada, hijo, diviértete, cuídate, busca más caballos árabes y más armas si eso te suena, compra más anticuallas y más chirimbolos, métete hasta las narices en la política, déjate querer por todas las mujeres que se antojen de ti y hazte querer de todas las que se te antojen, no vuelvas a escribir un solo verso si no se te da la gana… Para todo eso te doy mi permiso a cambio de que me satisfagas esta noche un antojo que tengo desde hace mucho tiempo… Quiero oírte leer unas páginas que según me dijiste una vez, tienen relación con el nombre de tu quinta, con un diseño de tres hojas y una mariposa que llevan impreso en oro, en la pasta blanca, varios volúmenes de tu biblioteca, y con aquel cuadro de un pintor inglés… ¿cómo dices tú?, ¿decadente? No… ¿simbolista? No, ¿prerrafaelita? Eso es, prerrafaelita, que tienes en la galería y que no logro entender por más que lo miro cada vez que paso por ahí… ¿Sabes de qué te hablo?…