De sobremesa
De sobremesa —Sí, sé de qué me hablas —contestó Fernández levantándose al oír ruidos de voces y de pasos en el cuarto vecino.
El portier pesado de tela roja de Oriente bordado de oro que cierra la entrada de la derecha, se abrió dándoles paso a Luis Cordovez y a Máximo Pérez.
—Buenas noches, te traigo a este hombre para que lo distraigas —dijo Cordovez, tendiéndole la mano a Fernández; Juan, Oscar, saludando familiarmente a los amigos con quienes hablaba Pérez—, y vengo yo a desinfectarme de todas las vulgaridades oídas en estas dos horas… Dame una copa de jerez del más seco, y siéntate tú aquí, añadió mostrando un sillón cercano al suyo, necesito oír buenos versos para desinfectarme el alma… ¡Si tú supieras de dónde vengo…!
—Pues no me parece imposible adivinarlo; de una comida en que has estado cerca de una rubia… el vestido lo cuenta… ¡Irreprochable! —añadió Fernández fijándose en la gardenia fresca que llevaba Cordovez en el ojal del frac y en las gruesas perlas que le abotonaban la pechera.