De sobremesa
De sobremesa —¡Ya lo ves, te equivocaste! Los poetas andan siempre soñando cosas deliciosas. Nada, hombre, de una comida dada por Ramón Rey a Daniel Avellaneda, en que se habló de política al comenzar y de religión y de mujeres al concluir. Cuando te digo que necesito que me leas versos de Núñez de Arce para desinfectarme. No, no son versos —añadió dirigiéndole a Fernández una mirada en que se adivinaba su amor casi fraternal y su entusiasmo fanático por el poeta—. ¿Sabes?… no son versos de Núñez de Arce… es prosa tuya lo que quiero… vengo a pedirte de soñar como dices tú… hace tres días que no le pido de soñar a nadie por miedo de que me sirvan mal y que estoy pensando a cada momento en que llegue esta noche para suplicarte me leas unas notas tomadas en un viaje por Suiza, que nunca me has mostrado… Nos las vas a leer dentro de un rato, ¿cierto?… Si tú supieras que he pasado hoy un mal día pensando en ti, con la idea fija de que estabas enfermo… Pero estás bien, ¿verdad?…
—Nunca estoy bien en los últimos días del año —contestó Fernández como distraído por algo que lo preocupara—; nunca estoy bien en los últimos días de diciembre.