De sobremesa
De sobremesa La frescura y la animación de Luis Cordovez, cuyas facciones delicadas y naciente barba castaña recordaban el perfil del Cristo de Scheffer, sin que los rizos oscuros que le caían sobre la frente estrecha, ni el frac que le moldeaba el busto alcanzaran a disminuir el parecido, formaban extraño contraste con la atonía meditabunda del semblante pálido y lo apagado de los ojos grises de Máximo Pérez, cuya flacura se adivinaba, mal disimulada por el vestido de cheviot claro que traía puesto, en las líneas del cuerpo tendido sobre el diván vecino, en una postura de enfermizo cansancio.
—¿Tú no sigues bien, eh?… ¿aumentan los dolores? —le preguntó Sáenz clavándole los ojos inquisitivos…
—Siguen los dolores, atroces, a pesar de los bromuros y de la morfina… Esta noche me sentía tan mal que me retiraba ya del Club cuando encontré a Cordovez y me hizo el bien de traerme… No saben tus colegas qué es lo que tengo… Fernández, dime, ¿tampoco pudieron hacer diagnóstico preciso de una enfermedad que sufriste en París, de una enfermedad nerviosa de que me ha hablado, Marinoni…? Dime, ¿tú la describiste en algunas páginas de tu diario?… Si nos las leyeras esta noche… Creo que sólo la lectura de algo inédito y que me interesara mucho alcanzaría a disipar un poco mis ideas negras.