De sobremesa
De sobremesa —En casa, Consuelo —le dije, sentándome a su lado, sobre la misma turquesa de donde se había levantado al verme entrar unos momentos antes—. En casa, Consuelo… Desde una tarde, hace nueve años, tengo siempre, esté donde estuviere, unas plantas que cuido mucho para que den flores de ésas… desde hace nueve años y desde una tarde —dije, mirándola, para ver el efecto de las sugestiva frase que había estudiado desde el momento en que el astuto Rivas me contó su plan en el cuarto de fumar.
Se puso pálida, más pálida que lo está siempre; le temblaron las manos y los labios, y bajó los ojos al suelo.
Nueve años antes, casi niños ella y yo, una tarde deliciosa, una tarde del trópico, de ésas que convidan a soñar y a amar con el aroma de las brisas tibias y la frescura que cae del cielo, sonrosado por el crepúsculo, volvíamos por un camino estrecho, sombreado de corpulentos árboles y encerrado por la maleza, al pueblecillo donde salía a veranear su familia. Nos habíamos adelantado al grupo de paseantes. Yo, diciéndole que la adoraba, recitándole estrofas del Idilio, de Núñez de Arce, y sintiéndome el Pablo de aquella Virginia vestida de muselina blanca, que apoyaba su bracito en el mío.