De sobremesa

De sobremesa

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—Ya lo creo; se lo hace uno regalar o se lo lleva. Aquí en París debe ser difícil el procedimiento mío; pero en mi tierra me ha surtido resultado completo. Todos los tapices, los muebles antiguos, las armas y los cuadros que tengo han salido de los conventos y de las iglesias. ¿Cómo?, me dirás tú. Pues haciendo tales bajezas para tenerlos; diciendo tales cosas respecto de ellos, que el dueño o la dueña, viejo que lo conoció a uno de muchacho, o muchacho que lo admira y quiere tenerlo contento, a las pocas vueltas manda la pintura, el broncecito, el objeto histórico, diciéndose: «Esto aquí no luce mayor cosa y en cambio Monteverde contará que es regalo mío…». ¿Es que tú no eres práctico? —continuó después de un silencio y como pensando en alta voz—. Tú te entusiasmas con las cosas, te enamoras de las mujeres, haces locuras por ellas, tienes la manía de trabajar y de saber. ¿Qué ha sido hasta ahora de tu vida?… Una cacería al pájaro azul… Mira: el secreto es, con el menor esfuerzo posible, lograr el mayor resultado posible, sin moverse casi y a punta de imbecilidad de los otros y de las otras, de adulaciones de uno a los que no las esperan y de insolencia con los que las esperan. Así, comienza a lloverle a uno todo del cielo, amigos, fama, dinero y mujeres. ¡Mujeres! —siguió en su monólogo, apurando a tragos largos una copa grande de whisky que se había servido—; ¡mujeres!, todas incoherentes: Jorge Sand y Cora Pearl, Sarah Bernhardt y Juana de Arco; ¡todas deliciosas, todas asquerosas, y todas mujeres! ¿Tú conoces la taberna de Rousselot en Montmartre?… ¡Qué vas tú a ir allá!… ¡Tú, el soñador de aristocráticos idealismos!…


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