De sobremesa

De sobremesa

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—¿Y por qué me preguntas si la conozco? —le pregunté, riéndome…

—Porque antenoche me encontré ahí una maravilla, una de las muchachas que venden la cerveza. Es deliciosamente estúpida y estúpidamente deliciosa. Tú no entiendes de eso. Tú vas soñando siempre en alguna Dulcinea, como el caballero de la triste figura; yo soy más práctico… Los dos somos del mismo árbol, los Andrade aquéllos, ¿oyes?… con dos injertos diferentes, tú de Don Quijote… yo de Sancho; tú andas peleando con los molinos, soltando a los prisioneros, vistiéndote con el yelmo de Mambrino y buscando a Merlín, el encantador… Dime que no vives leyendo libros de caballerías…

Así llama a todos los que sean de ciencia un poco abstrusa, de novela psicológica, de poesía de alto aliento, de crítica sutil y personal.

—Yo me voy ahora para Normandía a comprar unas vacas; después iré a Inglaterra a buscar unos toros Durham. ¿Tú crees en mi pasión por el arte?… La escultura me importa un comino. Vente conmigo a Inglaterra.

—No puedo —le dije—; tengo mucho que hacer.

—¿Tú tienes mucho que hacer, viviendo en París, y a los veintisiete años, y con tus millones?… Pero entonces ya no tienes remedio…

Monteverde es un hombre práctico, indudablemente.


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