Meditaciones

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En algunos bustos —de varia época—, en algunos excelentes relieves de su Columna y de su Arco de Triunfo —reliquias de esta construcción, hoy destruida— y en su broncínea estatua ecuestre —hoy en la colina del Capitolio—, podemos ver la fisonomía del emperador. La imagen mejor es la de la gran estatua de bronce (conservada tal vez porque los cristianos la respetaron al creerla de Constantino). Marco Aurelio avanza con solemnidad. Cubierto de su armadura, como imperator, con la mano alzada en un gesto dominante y pacificador. El rostro barbado le da la prestancia de un viejo filósofo. La mirada serena se adivina perdida a lo lejos, sobrepasando la escena inmediata, ensimismado tal vez. Sus representaciones confirman su actitud, y esa voluntad romana y estoica de cumplir con el deber asignado por la divinidad; en su caso, el de luchar por el Imperio —amenazado interiormente por su anquilosada estructura social y sus agravadas crisis económicas, y en el exterior, por las presiones de los bárbaros.







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