Amor y amistad
Amor y amistad Los primeros trabajos de Jane Austen tienen en su totalidad un enorme interés psicológico, que llega casi a convertirse en misterio psicológico. Y por esa razón, entre otras, esta obra no ha sido lo suficientemente valorada. Grande como fue, nadie defendió que Jane Austen fuera una poeta. Pero fue un ejemplo notable de lo que se dice de un poeta: nació, no fue fabricada. Comparados con ella, muchos de los poetas parecen haber sido fabricados. Muchos hombres que ofrecen el aspecto de haber prendido fuego al mundo han dejado al menos pruebas suficientes sobre lo que les inflamó a ellos mismos. Hombres como Coleridge o Carlyle prendieron sus primeras antorchas en las llamas de místicos alemanes o especuladores platónicos igualmente fantásticos; atravesaron calderas de cultura donde personas menos creativas incluso podrían haber ardido en las llamas de la creación. Jane Austen no se inflamó, no se inspiró para ser un genio, ni siquiera lo persiguió; simplemente era un genio. Su fuego, lo que había de él, comenzó en ella misma, como el fuego del primer hombre que frotó dos palos secos uno contra otro. Algunos dirían que los palos que frotó estaban muy secos. Lo que en cualquier caso es cierto es que con su propio talento artístico ella hizo interesante lo que miles de personas aparentemente iguales hubieran hecho aburrido. No había nada en sus circunstancias particulares, ni siquiera en las materiales, que pareciera abocar al nacimiento de tal artista. Quizá suene equivocado y atrevido el decir que Jane Austen era elemental. Quizá parezca un poco caprichoso el insistir en que era original. Sin embargo, estas objeciones vendrían del crítico que no se detiene a pensar en el sentido de «elemento» y de «origen». Quizá esta idea quedaría también expresada en el significado de la palabra «individuo». El talento de Jane Austen es absoluto, no puede analizarse en términos de influencias. Ha sido comparada con Shakespeare, y en este sentido nos hace recordar la broma sobre el hombre que dijo que podría escribir como Shakespeare si tuviera su inteligencia. En este caso, nos parece ver a miles de solteronas, sentadas ante miles de mesas de té: todas ellas podrían haber escrito Emma si hubieran tenido su inteligencia.