Amor y amistad
Amor y amistad Después de agradecer al amable joven su entretenido relato y de expresar a ambos mis mejores deseos de bienestar y felicidad, los dejé en su pequeño habitáculo y volví al lado de mis otros amigos, quienes me esperaban con impaciencia.
Y así, mi queridísima Marianne, mis aventuras tocan casi a su fin; al menos por el momento.
Cuando llegamos a Edimburgo, sir Edward me dijo que, como viuda de su hijo, deseaba que aceptase de sus manos cuatrocientas al año. Yo le prometí indulgentemente que lo haría, aunque no pude evitar darme cuenta de que el antipático barón lo hacía más por el hecho de que fuese viuda de Edward que por el de ser la refinada y amable Laura.
Instalé mi residencia en una romántica aldea de las tierras altas escocesas en la que vivo desde entonces y donde, libre de indeseables visitas, puedo abandonarme, en melancólica soledad, a llorar incesantemente las muertes de mi padre, de mi madre, de mi esposo y de mi amiga.
Augusta lleva varios años unida a Graham, el hombre que mejor conviene a su personalidad, y al que conoció durante su estancia en Escocia.
Con la esperanza de tener un heredero para su título y para su fortuna, sir Edward se casó al mismo tiempo con Lady Dorothea. Sus deseos se han visto cumplidos.