Amor y amistad

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En primer lugar, debes saber que, desde mi llegada, me he encontrado dos veces con las tres amigas de tu hermana —Lady Lesley y sus hijas— en lugares públicos. Me imagino que estarás impaciente por conocer mi opinión sobre la belleza de las tres damas sobre las que tanto has oído hablar. Ahora bien, como estás demasiado enferma y eres demasiado desgraciada para comentarios banales, creo que puedo atreverme a comentar que no me gusta ninguna de sus caras tanto como la tuya. En cualquier caso todas son muy bonitas. A Lady Lesley naturalmente ya la conocía; en cuanto a sus hijas, creo que podría decirse que, en general, son más guapas que ella, aunque me atrevería a decir que con los encantos de un cutis sonrosado, cierta afectación y bastante conversación trivial (y en todo ello la señora supera a las señoritas) se ganan más admiradores que con la perfección de los rasgos de Matilda y de Margaret. Por otra parte, estoy segura de que coincidirás conmigo al afirmar que ninguna de ellas tiene un tamaño apropiado para considerarse una verdadera belleza; pues ya sabes que dos de ellas son más altas y otra más baja que nosotras. A pesar de este defecto (o mejor, gracias a él), hay algo muy noble y majestuoso en la figura de las señoritas Lesley, y algo agradablemente vivaz en el aspecto de su bonita madrastra. En cualquier caso, aunque unas sean majestuosas y la otra vivaz, ninguna de sus caras posee la cautivadora dulzura de la de mi Eloisa, una dulzura que su actual languidez no disminuye en absoluto. Me pregunto qué dirían mi marido y mi hermano de nosotras si supieran todas las cosas bonitas que te he dicho en esta carta. Es muy difícil de creer que una mujer bonita sea reconocida como tal por una persona de su propio sexo, a no ser que la persona sea su enemiga o su reconocida aduladora.


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