Amor y amistad
Amor y amistad Permíteme que te las describa: Julia tiene dieciocho años y posee un semblante en el cual la modestia, la inteligencia y la dignidad se combinan de manera muy afortunada; también su figura es un regalo de gracia, elegancia y simetría a un tiempo. Charlotte tiene solo dieciséis años y es más baja que su hermana, pero, aunque su figura no alcanza la dignidad natural de la de Julia, tiene unas redondeces que, de manera distinta, poseen un estimable encanto. Es bonita y la expresión de su cara es de la más cautivadora dulzura en ocasiones, y de la más sorprendente vivacidad en otras. Parece tener un ingenio extraordinario y un inalterable buen humor. Su conversación, durante la media hora que pasaron con nosotros, estuvo repleta de salidas, chascarrillos y repartées muy ingeniosos, mientras la inteligente y amable Julia pronunció reflexiones morales dignas de un corazón como el suyo. El señor Millar responde perfectamente al retrato que me había hecho de él. Mi padre le recibió con una mirada afectuosa, un apretón de manos y un beso amistoso que eran muestra de la alegría que sentía al contemplar a un viejo y querido amigo del cual, por distintas circunstancias, había estado separado durante casi veinte años. El señor Millar comentó (y muy bien, por cierto) que eran muchos los acontecimientos que habían sucedido en la vida de ambos durante aquel intervalo de tiempo, lo cual dio ocasión a la encantadora Julia de hacer algunas reflexiones profundísimas sobre los numerosos cambios que aquel largo período de tiempo había operado en sus situaciones, sobre las ventajas de unos y las desventajas de otros. De este tema pasó a hacer una breve digresión sobre la inestabilidad de los placeres humanos y sobre la incertidumbre de su duración, lo cual la llevó a comentar que todas las alegrías terrenales deben ser imperfectas. Se disponía a ilustrar esta doctrina con ejemplos de las vidas de grandes hombres, cuando el coche llegó a la puerta y la amable moralista, junto con su padre y su hermana, se vio obligada a abandonar la casa, no sin prometer que a su regreso pasaría cinco o seis meses con nosotros.