Amor y amistad
Amor y amistad El señor y la señora Stanley fueron por tanto invitados a la casa, y Catharine, con una expectativa deseable por delante, con un algo que inevitablemente aliviaría la dureza de un constante cara a cara con su tía, estaba tan contenta, tan animada, que durante los tres o cuatro días precedentes a su llegada, apenas pudo concentrarse en nada. La señora Percival se sentía siempre decepcionada en ese particular, y se quejaba de falta de firmeza y perseverancia en sus ocupaciones, las cuales no eran para nada del gusto de Kitty, ni probablemente podían serlo del de ninguna persona joven. Por otra parte, la aburrida conversación de su tía y la falta de una compañía agradable hacían que este deseo de cambio en sus costumbres aumentara aún más; porque Kitty se cansaba mucho antes de leer, de trabajar, de dibujar y del parloteo de la señora Percival, que de su cenador, adonde la señora Percival nunca la acompañaba, por miedo a la humedad.
Como su tía se enorgullecía de la perfecta propiedad y corrección con la que se llevaba todo en su familia, y no conocía otra satisfacción que la de saber que su casa estaba siempre en completo orden, siendo su fortuna considerable y contando con un servicio numeroso, pocos fueron los preparativos que tuvo que hacer para recibir a sus visitantes.