Emma
Emma que mi segunda tiene que sentir; para calmar la pena aquélla
a mi conjunto habrá de recurrir.[3]
se convirtió en desilusión al advertir que ya la tenÃan copiada unas páginas atrás.
—Señor Elton, ¿por qué no escribe usted mismo una charada para nosotras? —dijo ella—; sólo asà podremos estar seguras de que es nueva; y para usted nada más fácil.
—¡Oh, no! En toda mi vida no he escrito jamás una cosa de ésas. Para esto soy la más negada de las personas. Incluso temo que ni siquiera la señorita Woodhouse… —hizo una pausa— o la señorita Smith puedan inspirarme.
Sin embargo, al dÃa siguiente su inspiración produjo ciertos frutos. Les hizo una rapidÃsima visita, sólo para dejarles una hoja de papel sobre la mesa que contenÃa, según dijo, una charada que un amigo suyo habÃa dedicado a una joven de la que estaba enamorado; pero Emma, por su manera de proceder, se convenció inmediatamente de que su autor no era otro que él mismo.
—No se la ofrezco para la colección de la señorita Smith —dijo—. Porque, como es de mi amigo, no tengo derecho a hacer que se divulgue ni poco ni mucho, pero he pensado que quizás a ustedes les gustará conocerla.