Emma
Emma —Se me ha roto el cordón —dijo— y no sé cómo componerlo. La verdad es que soy una compañera muy engorrosa para los dos, pero creo que no siempre voy tan mal equipada. Señor Elton, no me queda más remedio que rogarle que me permita entrar un momento en su casa y pedirle a su ama de llaves un trozo de cinta o de cordel o algo por el estilo, sólo para poder llegar hasta casa.
El señor Elton acogió esta proposición con gran alegrÃa; y se desvivió en atenciones y cuidados para acompañar a las jóvenes a entrar en su casa y hacerles los honores de ella. El saloncito en el que fueron recibidas era el que él solÃa ocupar la mayor parte del dÃa, y daba a la fachada de la casa; al lado habÃa otra estancia que comunicaba con el salón por una puerta; ésta estaba abierta, y Emma pasó a la otra estancia en compañÃa del ama de llaves, que se disponÃa a ayudarla del mejor modo posible. La joven se vio obligada a dejar la puerta entreabierta, tal como la habÃa encontrado; peso su deseo era que el señor Elton la cerrara. Sin embargo no se cerró, sino que quedó entreabierta; pero al entablar con el ama de llaves una larga conversación, confió que en la estancia contigua él tendrÃa ocasión de decir todo lo que quisiera. Durante diez minutos no pudo oÃrse más que a sà misma. La situación no podÃa prolongarse. Y se vio obligada a terminar y a pasar a la otra estancia.