Emma
Emma —Es verdad —exclamó—, es la pura verdad. Emmita, tienes que llegar a ser una mujer mejor que tu tÃa. Sé muchÃsimo más lista, y no seas ni la mitad de vanidosa que ella. Ahora, señor Knightley, permÃtame dos palabras más y termino. Creo que los dos tenÃamos las mejores intenciones, y debo decirle que aún no se ha demostrado que ninguno de mis argumentos sea falso. Sólo quiero saber si el señor Martin no ha sufrido una decepción demasiado grande.
—No podÃa sufrirla mayor —fue la breve y rotunda respuesta.
—¡Ah! De veras que lo siento mucho… ¡Vaya, démonos las manos!
Apenas habÃan acabado de estrecharse las manos, y con gran cordialidad, cuando hizo su aparición John Knightley y los «¿Qué tal, George?», «Hola, John, ¿qué tal?», se sucedieron en el tono más caracterÃsticamente inglés, ocultando bajo una impasibilidad que lo parecÃa todo menos indiferencia, el gran afecto que les unÃa, y que de ser necesario hubiera llevado a cualquiera de los dos a hacer cualquier sacrificio por el otro.