Emma
Emma —¿Y nunca ha conocido usted el placer y el triunfo de una intuición afortunada? Le compadezco. Le creÃa más inteligente. Porque puede estar seguro de una cosa: una intuición afortunada nunca es tan sólo cuestión de suerte. Siempre hay algo de talento en ello. Y en cuanto a mi modesta palabra de «éxito», que usted me reprocha, no veo que esté tan lejos de poder atribuÃrmela. Usted ha planteado dos posibilidades extremas, pero yo creo que puede haber una tercera: algo que esté entre no hacer nada y hacerlo todo. Si yo no hubiese hecho que el señor Weston nos visitara y no le hubiera atentado en mil pequeñas cosas, y no hubiese allanado muchas pequeñas dificultades, a fin de cuentas quizá no hubiéramos llegado a este final. Creo que usted conoce Hartfield lo suficientemente bien para comprender esto.
—Un hombre franco y sincero como Weston y una mujer sensata y sin melindres como la señorita Taylor, pueden muy bien dejar que sus asuntos se arreglen por sà mismos. Mezclándose se exponÃa usted a hacerse más daño a sà misma que bien a ellos.
—Emma nunca piensa en sà misma si puede hacer algún bien a los demás —intervino el señor Woodhouse, que sólo en parte comprendÃa lo que estaban hablando—; pero, por favor, querida, te ruego que no hagas más bodas, son disparates que rompen de un modo terrible la unidad de la familia.