Emma
Emma El señor Elton daba la impresión de que no sabía muy bien qué responder; y en realidad eso era lo que le ocurría; pues aunque muy halagado por el gran interés que se tomaba por él una dama tan bella, y sin querer negarse a seguir ninguno de sus consejos, lo cierto es que no sentía la menor inclinación por dejar de asistir a la cena; pero Emma, demasiado confiada en la idea que se había hecho de la situación para oírle imparcialmente y darse cuenta de su estado de ánimo en aquel momento, quedó plenamente satisfecha con oírle murmurar aprobadoramente que hacía «mucho frío, verdaderamente mucho frío», y siguió andando contenta de haberle alejado de Randalls permitiéndole así interesarse cada hora por la salud de Harriet.
—Hace usted muy bien —dijo—; nosotros ya le excusaremos con los señores Weston.
Pero apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando su cuñado le ofrecía cortésmente un lugar en su coche, si es que el tiempo era el único obstáculo para el señor Elton, y éste aceptó inmediatamente el ofrecimiento con una gran satisfacción. No tardó en ser cosa hecha; y nunca sus grandes y correctas facciones expresaron más contento que en aquellos instantes; nunca había sido más amplia su sonrisa ni más brillantes de alegría sus ojos que cuando volvió el rostro hacia Emma.