Emma
Emma —Podemos tener la seguridad de contar con un buen fuego en la chimenea —siguió diciendo—, y sin duda todo estará dispuesto para ofrecernos las mayores comodidades. El señor y la señora Weston son encantadores; la señora Weston merece todos los elogios, y él por su parte es una persona admirable, tan hospitalario y tan sociable; desde luego seremos pocos, pero las reuniones en las que hay poca gente pero escogida son quizá las más agradables de todas. El comedor de la señora Weston tampoco es capaz de acomodar debidamente a más de diez personas; y por mi parte en estas circunstancia yo suelo preferir que sobre espacio para dos a que falte espacio para dos. Seguramente estará usted de acuerdo conmigo —dijo volviéndose hacia Emma con aire meloso—, estoy seguro de que contaré con su aprobación aunque tal vez el señor Knightley que está acostumbrado a las grandes reuniones de Londres no esté totalmente de acuerdo con nosotros.
—Yo no sé nada de las grandes reuniones de Londres, nunca ceno fuera de casa.
—¿De veras? —en un tono entre asombrado y compasivo—. No tenÃa ni la menor idea de que las leyes significaran una esclavitud tan grande. Pero no desespere usted, ya llegará el tiempo en que encuentre la recompensa, cuando tenga que trabajar poco y pueda disfrutar mucho.