Emma

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—¡Oh, la señora Churchill! Todo el mundo conoce a la señora Churchill —replicó Isabella—; y yo por mi parte siempre que pienso en ese pobre muchacho me inspira una gran compasión. Vivir constantemente con una persona de mal carácter debe de ser horrible. Eso es algo que afortunadamente ninguno de nosotros conoce por experiencia; pero tiene que ser una vida espantosa. ¡Qué suerte que esa mujer nunca haya tenido hijos! ¡Pobres criaturas, qué desgraciados los hubiera hecho!

Emma hubiese querido estar a solas con la señora Weston. De este modo se hubiese enterado de más cosas; la señora Weston le hubiera hablado con una franqueza que nunca se atrevería a emplear delante de Isabella; y estaba segura de que no le hubiera ocultado casi nada referente a los Churchill, exceptuando sus proyectos sobre el joven de los que instintivamente presumía ya algo gracias a su imaginación. Pero allí no podía decirse nada más. El señor Woodhouse no tardó en ir a reunirse con ellas en la sala de estar. Permanecer durante mucho rato sentado a la mesa después de comer era una penitencia que no podía soportar. Ni el vino ni la conversación lograron retenerle; y se dispuso alegremente a reunirse con las personas con las que siempre se encontraba a gusto.

Y mientras él hablaba con Isabella, Emma tuvo oportunidad de decir a su amiga:


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