Emma
Emma —Para saber lo que él puede o no puede hacer —replicó la señora Weston— deberÃamos estar en Enscombe y conocer la vida de la familia. Quizá fuera eso lo que deberÃamos hacer siempre antes de juzgar el proceder de cualquier persona de cualquier familia; pero estoy segura de que lo que ocurre en Enscombe no puede juzgarse de acuerdo con normas generales… ¡Es una mujer tan antojadiza! Y todo depende de ella…
—Pero quiere mucho a su sobrino: es su preferido, ¿no? Ahora bien, de acuerdo con la idea que yo tengo de la señora Churchill, serÃa más natural que mientras ella no hace ningún sacrificio por el bienestar de su marido, a quien se lo debe todo, se dejara gobernar con frecuencia por su sobrino, a quien no debe nada en absoluto, aun sin dejar de hacerle vÃctima de sus constantes caprichos.
—Mi querida Emma, tienes un carácter demasiado dulce para comprender a alguien que lo tiene muy malo, y poder fijar las leyes de su conducta; déjala que sea como quiera. De lo que yo no dudo es de que en ocasiones su sobrino ejerce sobre ella una considerable influencia; pero puede ocurrir que a él le sea totalmente imposible saber de antemano cuándo podrá ejercerla.
Emma escuchaba, y luego dijo frÃamente:
—No me convenceré a menos que venga.