Emma
Emma —¡Nunca! —exclamó él, sintiéndose ofendido a su vez—; nunca, se lo aseguro. ¡Yo, pensar seriamente en la señorita Smith! La señorita Smith es una joven excelente; y me alegrarÃa mucho verla bien casada. Yo le deseo toda clase de venturas; y sin duda hay hombres que no tendrÃan nada que objetar a… Pero no creo que esté a mi altura; me parece que puedo aspirar a algo mejor. ¡No tengo porqué pensar que no voy a poder casarme con alguien de mi misma posición como para tener que dirigirme a la señorita Smith! No… mis visitas a Hartfield no tenÃan otro objetivo que usted; y como allà se me alentaba…
—¿Que se le alentaba? ¿Que yo le alentaba? Me temo que se haya usted equivocado por completo al suponer semejante cosa. Yo sólo le consideraba como un admirador de mi amiga. Bajo cualquier otro punto de vista, no hubiera podido ser usted más que un conocido como cualquier otro. Lo lamento muy de veras; pero es mejor que se haya aclarado este error. De haber continuado como hasta ahora la señorita Smith hubiera podido llegar a interpretar mal sus intenciones; probablemente sin advertir, como tampoco lo habÃa advertido yo, la gran desigualdad a la que usted da tanta importancia. Pero, una vez aclarado el asunto, todo se reduce a una decepción por parte de usted, que, confÃo, no durará mucho. Por el momento no tengo la menor intención de casarme.