Emma
Emma —Pues la mÃa —dijo vivamente el señor Knightley— es que si resulta ser como usted dice, será el sujeto más insoportable que hay bajo la capa del cielo… ¡Vaya…! A los veintitrés años pretendiendo ser el primero de todos, el gran hombre, el que tiene más experiencia del mundo, que sabe adivinar el carácter de cada cual y aprovecha el tema de conversación que interesa a cada uno para exhibir su propia superioridad… Que prodiga adulaciones a diestra y siniestra para que todos los que le rodean parezcan necios comparados con él… Mi querida Emma, cuando llegue el momento, su sentido común no le permitirá soportar a semejante fantoche.
—No voy a decirle nada más de él —exclamó Emma—; porque usted todo lo toma a mal. Los dos tenemos prejuicios; usted en contra y yo a favor; y no habrá modo de que nos pongamos de acuerdo hasta que lo tengamos aquÃ.
—¿Prejuicios? Yo no tengo prejuicios.
—Pues yo sÃ, y muchos, y no me avergüenzo en absoluto de tenerlos. El afecto que tengo a los señores Weston me hace tener un fuerte prejuicio en favor suyo.
—Ésta es una persona en la que apenas pienso una vez al mes —dijo el señor Knightley con un aire tan molesto que movió a Emma a cambiar inmediatamente de conversación, a pesar de que no podÃa comprender por qué se enojaba tanto.