Emma
Emma —Pues aunque sólo pudiera alabársele por esto, en Highbury serÃa inapreciable. Aquà no tenemos muchas ocasiones de encontrar a jóvenes de buen ver, bien educados y de trato agradable. No podemos ser tan exigentes y pedir que lo tenga todo. ¿Se imagina usted, señor Knightley, la sensación que producirá su llegada? No se hablará de otra cosa en las parroquias de Donwell y Highbury; no se prestará atención a nadie más… no habrá otro objeto de curiosidad; todo el mundo tendrá los ojos puestos en el señor Frank Churchill; no pensaremos en nada más ni hablaremos de ninguna otra persona.
—Ya me disculparán porque no me deslumbre tanto como ustedes. Si me parece que puede cambiar, me alegraré de conocerle; pero si sólo es un mequetrefe presuntuoso y hablador, poco tiempo y pocas reflexiones voy a dedicarle.
—La idea que tengo de él es la de que sabe adaptar su conversación al gusto de cada persona, y que tiene el don y el deseo de resultar agradable a todo el mundo. A usted le hablará de cuestiones de agricultura; a mà de dibujo o de música; y asà hará con todos, ya que tiene conocimientos generales sobre todos los temas que le permiten seguir una conversación o iniciarla, según requieran las circunstancias, y tener siempre algo interesante que decir sobre todas las cosas; ésta es la idea que yo me hago de él.