Emma
Emma —Sospecho que a la señora Weston no le parecen tan bien. No creo que puedan ser del agrado de una mujer que tiene tan buen juicio y una inteligencia tan despierta como ella; que ocupa el lugar de una madre, pero que no está ciega por el cariño de las madres. Por ella su visita a Randalls es doblemente necesaria, y debe de sentir doblemente esa desatención. Si ella hubiera sido una persona de posición, estoy seguro de que el señor Frank Churchill ya hubiera venido a Randalls; y entonces poco valor hubiese tenido el que viniese o no. ¿Cree usted que su amiga no se ha hecho aún esas reflexiones? ¿Supone usted que a menudo no se dice todo eso para sus adentros? No, Emma, ese joven que usted cree tan «amable»[10] sólo lo es en francés, no en inglés. Puede ser muy «aimable», tener muy buenos modales, ser de trato muy agradable; pero carece de lo que en inglés entendemos por delicadeza hacia los sentimientos de los demás; en él no hay nada verdaderamente «amiable».
—Está usted empeñado en tener muy mal concepto de él.
—¿Yo? En absoluto —replicó el señor Knightley un poco contrariado—; no tengo ningún interés en pensar mal de él. Estoy tan dispuesto a reconocer sus méritos como los de cualquier otro; pero los únicos de los que he oÃdo hablar se refieren solamente a su persona; que es alto y apuesto, y de modales finos y de trato agradable.