Emma
Emma —Nunca nos pondremos de acuerdo sobre esta cuestión —exclamó Emma— y no tiene nada de extraño. Yo no tengo en absoluto la impresión de que sea un joven débil; estoy segura de que no lo es. El señor Weston no podrÃa estar tan ciego, aun tratándose de su propio hijo; sólo que es muy probable que ese joven tenga un carácter más dócil, más condescendiente, más complaciente de lo que usted considera propio de un hombre perfecto. Estoy casi segura de que es asÃ; y aunque eso pueda privarle de algunas ventajas, le asegura en cambio otras muchas.
—SÃ; todas las ventajas de quedarse muy tranquilo en su casa cuando deberÃa estar en otro sitio, todas las ventajas de llevar una vida de diversiones y de ociosidad, y de imaginarse extraordinariamente hábil para encontrar excusas para ello; asà puede sentarse a escribir una carta preciosa y llena de floreos que contenga tantas protestas de afecto como falsedades, y convencerse a sà mismo de que ha encontrado el mejor sistema del mundo para conservar la paz dentro de casa y evitar que su padre tenga ningún derecho a quejarse. Sus cartas no me gustan en absoluto.
—Pues tiene usted gustos muy particulares. Al parecer todo el mundo las encuentra bien.