Emma
Emma La boda se había celebrado hacía muy poco tiempo; demasiado poco para que la menos afortunada de las dos amigas hubiera podido emprender ya la senda del deber; aunque había llegado a la edad que ella misma se había fijado para este comienzo. Hacía tiempo que tenía decidido que a los veintiún años empezaría su nueva vida. Con la fortaleza de una novicia devota había resuelto completar el sacrificio a los veintiún años, y renunciar a todos los placeres del mundo, a todo honesto trato con los demás, a toda sociedad, a la paz y a la esperanza, para seguir para siempre el camino de la penitencia y de la mortificación.