Emma
Emma —No —dijo el señor John Knightley casi al mismo tiempo—; no suele ser usted descortés; ni en modales ni en comprensión; en fin, creo que usted ya me entiende.
La maliciosa mirada de Emma significaba: «Le entiendo perfectamente»; pero sólo dijo:
—La señorita Fairfax es muy reservada.
—Siempre le he dicho que lo era… un poco; pero no tardará usted en disculpar la parte de su reserva que debe ser disculpada, la que tiene su origen en la timidez. Lo que es discreción ha de respetarse.
—¿Le parece tÃmida? A mà no.
—Mi querida Emma —dijo trasladándose a una silla que estaba más cerca de ella—, supongo que no irá a decirme que no le pareció agradable la velada de ayer.
—¡Oh, no! Me, divirtió mucho mi perseverancia en hacer preguntas y el pensar que obtenÃa tan poca información. —Lo lamento —fue su única respuesta.