Emma
Emma —Yo supongo que todo el mundo lo pasó bien —dijo el señor Woodhouse, con su habitual placidez—. Por lo menos yo sÃ. Al principio estaba demasiado cerca del fuego; pero luego retiré un poco la silla, muy poquito, y ya dejó de molestarme. La señorita Bates estaba muy locuaz y de buen humor, como siempre, aunque para mi gusto habla demasiado aprisa. Pero es muy agradable, y la señora Bates también, aunque de un modo distinto. Me gustan las antiguas amistades; y la señorita Jane Fairfax es una jovencita muy linda, muy linda y muy bien educada. Estoy seguro, señor Knightley, de que pasó una velada muy agradable, gracias a Emma.
—Sin duda; y Emma gracias a la señorita Fairfax.
Emma advirtió el tono de inquietud del señor Knightley, y deseando tranquilizarle, al menos por entonces, dijo con una sinceridad de la que nadie se hubiera atrevido a dudar.
—Es una muchacha elegantÃsima, de la que una casi no puede apartar los ojos. Yo no me cansaba de contemplarla con verdadera admiración; y también compadeciéndola con toda mi alma.
El señor Knightley dio la impresión de sentir más gratitud de la que querÃa aparentar; y antes de que pudiera responder, el señor Woodhouse, que seguÃa pensando en las Bates, dijo: